Vendrá la muerte y se introducirá en el cuerpo de alguien, de cualquiera, así sin discriminar.
Vendrá y por difusión pasiva alcanzará a las masas hasta formar un ejército de cuerpos sin frecuencia cardíaca; abrirá las pupilas, dilatándolas al máximo para extraer el alma y entonces, esos siete gramos se perderán para siempre.
Nos convertirá en un cadáver más de esos de los cuales el mundo ya está lleno, seremos nada para todos.
Así como se vuelve nada la muerte de uno más dentro de los incontables cuerpos ensangrentados de hombres, mujeres y niños que deja una guerra, una en donde no solo se encuentran cuerpos mutilados por múltiples bombas explotadas, y ojivas enterradas en músculos, huesos y masa encefálica de un ser humano cualquiera, sino espíritus rotos y congelados ante la frialdad de situaciones como esa.
Así como cuando muere un campesino de tuberculosis o de miocardiopatía chagásica porque, una década atrás en su cuarto de bajareque, mientras dormía en un petate, una chinche picuda lo sentenció.
Así como se vuelve nada un luchador de y por la patria cuando es asesinado por, qué se yo, el ejército.
Harán a un lado el cuerpo pequeño y delgado de un desnutrido más, de ese niño o adulto al que le tocó morir de hambre, al final es solo uno más del cincuenta por ciento de la población que muere de lo mismo.
Convertirán en número estadístico el cuerpo pálido e inerte de la puerpera desangrada en lo lejos de una montaña mientras intentaba dar una nueva vida, ahora huérfana.
Envolverán en bolsas negras, de esas que se usan para la basura, un cuerpo rígido que se encontraba postrado sobre la camilla de un hospital general, quien por la falta de insumos materiales, personal médico o iatrogenia, se le fue quitada la oportunidad de una orden marcada por una x en -mejorado- o -curado- en vez de -fallecido-, y el gobierno seguirá diciendo que el Sistema de Salud está mejorando.
Un cuerpo caquéctico por la enfermedad y la medicina morirá de SIDA y la estadística se tornará positiva en un mundo discriminativo.
Encontrarán, humanos o perros, el cuerpo enterrado de aquella persona que, en el movimiento feroz de la tierra, dio su último latido de angustia.
En la calle, cualquier calle, moverán a un cadáver que solo sirve de estorbo para seguir adelante. En los zapatos de quienes caminen a su lado quedará un poco de sangre impregnada que con cada paso se irá disipando, como se disipa con el paso del tiempo, la indignación por un muerto más a causa de un Sistema de Seguridad tan muerto como ese cuerpo (y los cuerpos de cada día todos los días).
Entonces, todos los cadáveres, ese ejercito de muertos, terminará en lo mismo, polvo y olvido.
EL CADÁVER - María de los Ángeles Ruano
Ahí estaba el cadáver, hermanos
y no hubo lloro en los ojos de nadie.
No sentimos dolor ni lo fingimos,
no reparamos en sus andrajos
ni en la dura quietud de su mandíbula.
Porque, ¿Qué importa la muerte de los caídos?
¿Qué importan sus ideales, sus sueños puros?
y al fin y al cabo ¿Qué ganábamos
comprometiéndonos
si no era con nosotros el asunto
ni nuestra era su lucha y su estrella?
Proseguimos sin verlo, lo negamos,
no sabíamos su nombre, no lo indagamos,
simplemente seguimos sin mirarlo.
Estábamos horrorizados con tanto muerto,
ya no dolía esa sangre en nuestra sangre.
El se quedó solo, tirado a media calle
y sus ojos abiertos eran una denuncia.