Era el alivio y la
aflicción viva luego de 12 semanas de vómitos incoercibles y mareos
apendejantes, y 40 de un crecimiento abrupto que se miraba en el estómago pero
venía de más abajo, un útero acomodándose a un feto, placenta y líquido
amniótico que no dejaban de hacerse más grandes por más que la faja quisiera
apretar y disimular.
El cese de los gritos
provocados por los dolores que creaban un útero contrayéndose constantemente y
dilatándose a 1 centímetro por hora hasta llegar a los 10 centímetros de una
dilatación completa por la cual pudo ser expulsada, como se expulsa algo que no
se quiere. Las lágrimas mezcladas de sentimientos de dolor, tristeza y miedo,
el sudor en la frente, mentón y mejías y la debilidad en los brazos y las
piernas, la leche desbordada de unos pezones listos para ser fuente de alimento
y agrietarse en el proceso, la oxitocina liberándose en grandes cantidades, más
grandes que las liberadas en el orgasmo en el cual fue concebida. Todo eso era
ella.
La nota de parto del
ginecólogo la describía como un hallazgo: Recién nacido de sexo femenino (…) peso
de 5 libras 12 onzas. En la misma nota se leía la presencia de una circular del
cordón umbilical al cuello, era como si quería suicidarse antes de haber tan
siquiera nacido. Tal vez solo estaba previendo todo el sufrimiento que le
esperaba, pero ya había superado un
largo viaje, esfuerzo y hasta dos amenazas de aborto provocadas con el
suficiente miedo como para no matarla.
Nació, tenía una piel
arrugada de 40 semanas exactas, sus manos y sus pies estaban morados pero el
resto del cuerpo daban un tono rosado de estoy bien, estaba llena de sangre
como se llenan de sangre los cuerpos asesinados y los recién nacidos. Tardó un
poco pero al final lloró, lo hizo al mismo tiempo que lloraba la madre como
queriendo decir, comparto tu tristeza y tu dolor y tu miedo.

